miércoles, 28 de enero de 2009

no toquen a mis ungidos -david wilkerson

"No toquen a mis ungidos" Por David Wilkerson -19 de noviembre de 2001Nota;esta no es una predica bennyhiniana donde se habla de maldecir.Aqui David advierte que aquel que toque a Israel o a la verdadera iglesia[no a los apostatas]se las vera con Dios-Yamilet
(Touch Not Mine Anointed)
Por David Wilkerson
19 de noviembre de 2001
_________"No toquen a mis ungidos ni maltraten a mis profetas" (Salmo 105:15). Este breve versículo contiene una poderosa advertencia de nuestro Señor. Y la dice muy en serio: Pobre de aquella nación o individuo que ponga una mano sobre los elegidos de Dios. Y pobre de cualquiera que haga daño a sus profetas. Esta severa advertencia tiene una aplicación doble. Primero, los “ungidos” y los “profetas” aquí aluden de forma natural a Israel, el pueblo de Dios del Antiguo Testamento. No obstante, la advertencia divina de no maltratar a sus elegidos también aplica hoy. También incluye a su Israel espiritual, es decir, a su iglesia. Principalmente relacionamos esta advertencia con los profetas del Antiguo Testamento o con los ministros de nuestros días que se levantan en defensa de la verdad. Parece ser una declaración de la protección de Dios para sus siervos. Pero el contexto de la advertencia revela un significado más profundo. También tiene que ver con un pacto que Dios hizo con Abrahán. En aquel pacto, Dios prometió a Abrahán la posesión de la tierra de Canaán: "Ni aunque pasen mil generaciones se olvidará de las promesas de su pacto, del pacto que hizo con Abrahán… como pacto eterno para Israel, cuando dijo: voy a darte la tierra de Canaán como la herencia que te toca. Aunque ellos eran pocos… que iban de nación en nación y de reino en reino, Dios no permitió que nadie los maltratara, y aun advirtió a los reyes: No toquen a mis escogidos ni maltraten a mis profetas.” (Salmo 105:8-15). El Salmo 78 también se refiere a este pacto de la tierra que Dios hizo con Abrahán: “Dios trajo a su pueblo a su tierra santa, ¡a las montañas que él mismo conquistó!” (78:54). Nos dice que Dios conquistó Canaán con sus propias manos. Y que “quitó a los paganos de la vista de Israel, repartió la tierra en lotes entre sus miembros, y les hizo vivir en sus campamentos.” (78:55). El mismo Señor marcó los límites de la tierra de su pueblo. Repartió la tierra “en lotes entre sus miembros”, estableciendo los límites “desde el Jordán hasta el mar.” En otras palabras, Dios trazó el mapa. Fue como si desde la cima de una montaña hubiera medido los límites de Canaán por medio de su Espíritu, diciendo: “tantos kilómetros al norte, tantos al sur, tantos al este y tantos al oeste.” En resumen, el Señor concedió tierra de manera permanente a su pueblo, por medio de su pacto con Abrahán. Y los israelitas fueron conducidos a su heredad por Moisés. Por mandato de Dios, desalojaron a las naciones malvadas que ocupaban esta tierra. Y a medida que se asentaban en su tierra prometida, Dios estableció una distinción entre ellos y las demás naciones. Fueron conocidos como sus “elegidos,” un pueblo consagrado, ungido. El Señor no permitió que “nadie los maltratara, y aun advirtió a los reyes: No toquen a mis escogidos ni maltraten a mis profetas.” (105:14-15). Moisés, el profeta de Dios, declaró: “el Altísimo… fijó las fronteras de los pueblos, pero tomó en cuenta a los israelitas" (Deuteronomio 32:8). Esto significa que los límites que Dios fijó para su pueblo iban a ser la base de su iglesia. Y a partir de esta nación del Antiguo Testamento surgiría su iglesia del Nuevo Testamento. Cuando Dios lanzó su advertencia, puso en alerta a la humanidad: “Elijo que este pueblo sea mi porción. La ungí y la separé para mí. De aquí en adelante, nunca permitiré que ninguna persona o nación le haga daño.” Puede que usted objete: “Pero los judíos han sufrido terriblemente a lo largo de la historia. ¿Qué hay con Hitler y el Holocausto?” Sí, Israel ha sufrido graves daños. Pero aquellos que la hirieron han sufrido espantosas consecuencias. La advertencia de Dios nos dice: “Cuando tocan a mis ungidos, corren gran peligro. Les costará todo.” Alemania pagó un terrible precio por su maldad. No solamente se bombardeó su nación y se devastaron sus ciudades, sino que la gente sufrió penalidades durante décadas. Desde la historia de Alemania escucho con vigor la voz de Dios: “No toquen a mis ungidos.” Verdaderamente, desde la época de Abrahán todo el mundo ha estado sujeto a la advertencia de Dios: “No hagan daño a mi pueblo Israel. Y no toquen o cambien sus fronteras, pues yo mismo las medí para ellos.” No importa cuál sea nuestra posición política, o lo que pensemos de Israel. Dios juzgará a cualquier pueblo que toque a esa nación o sus fronteras. Si cualquier nación se atreve, lo hace a costa de su propio futuro. Norteamérica ha sido el mejor amigo y protector de Israel desde que se constituyó en nación en 1948. Igual que cualquier otra nación, debemos tomar nota de las advertencias de Dios de no hacer daño a su pueblo. A pesar de eso, las declaraciones de nuestro Presidente sobre Israel me asustan.

Desde los ataques del 11 de septiembre, Norteamérica ha liderado el esfuerzo por organizar una coalición de naciones contra los terroristas. La coalición quiere incluir a las naciones árabes, pero muchas de ellas son enemigas juradas de Israel. Ahora, como concesión por el apoyo árabe, el presidente norteamericano busca el establecimiento de un estado palestino.

Por favor no piensen que estoy inclinándome a la política. Como vigilante de Dios, estoy llamado a predicar su Palabra. Por otra parte, no estoy en contra de un estado palestino. Pero creo que si hay tal estado, su territorio debería salir del Jordán más que de Israel. La Escritura lo dice con claridad: las fronteras de Israel son un asunto espiritual, no únicamente político.

En estos instantes crece en todo el mundo un sentimiento de odio hacia Israel. La causa palestina está ganando más apoyo. Los líderes de Israel se sienten abandonados. El Primer Ministro habló por la mayoría de los israelitas cuando dijo: “Nos han traicionado. Si nos toca, resistiremos solos a nuestros vecinos. Pero sabemos que Dios está con nosotros.”

Evidentemente, el gabinete presidencial incluye a simpatizantes de los árabes. Puede que no se den cuenta, pero están dando al presidente consejos peligrosos. Tales acciones solamente pueden traer maldición sobre Norteamérica. Durante años, nuestra nación ha sido grandemente bendecida en parte por la promesa de Dios a Abrahán: “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan” (Génesis 12:3). Pero la Escritura lo dice con claridad: “Si alguien te ataca, no será por causa mía, pero tú vencerás al que te ataque" (Isaías 54:15). Dios nos dice: “Si cualquier nación se junta en una causa que haga daño a Israel, no será por mi causa.” El Señor no tendrá nada que ver con una causa así. Supongamos que nuestro presidente solicita consejo sobre las fronteras de Israel de ciertos líderes o teólogos. Creo que le dirían: “El Señor renunció a Israel en el Antiguo Testamento. Desde entonces, los judíos ya dejaron de ser su pueblo elegido. Ellos rechazaron el pacto, así que Dios les impuso una maldición. Hoy la única Israel es la Sión espiritual, la iglesia de Jesucristo. Los cristianos son ahora sus elegidos.” Estos eruditos basan su teología en varios pasajes bíblicos. En un punto, Dios dijo que los pecados de Israel no tenían cura: “Tu herida es incurable, tu mal no tiene remedio” (Jeremías 30:12). También declaró: “Por la maldad de sus acciones los voy a echar de mi casa; no voy a seguir amándolos…Este pueblo no ha querido hacerle caso a mi Dios; por eso mi Dios va a rechazarlo, y andarán errantes entre las naciones” (Óseas 9:15-17). “El Señor… voy a poner fin al reino de Israel… porque ustedes ya no son mi pueblo ni yo soy su Dios” (1:4, 9).

De acuerdo con estos pasajes, Dios aparentemente se despojó de su pueblo elegido. Sin embargo, más tarde, en Óseas, leemos: “Mi pueblo persiste en estar alejado de mí…¿Cómo podré dejarte, Efraín?…mi corazón está conmovido, lleno de compasión por ti. No actuaré según el ardor de mi ira: no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios, no hombre. Yo soy el santo que estoy en medio de ti…Voy a curarlos de su rebeldía; voy a amarlos aunque no lo merezcan, pues ya se ha apartado de ellos mi ira…Yo soy como el pino siempre verde, y en mí encontrará mi pueblo su fruto" (11:7-9, 14:4, 8). Estos pasajes dejan en claro que Dios mantuvo su pacto con la Israel natural. Y eso incluye su contrato sobre la tierra. El Señor también dijo que preservaría a Israel hasta su retorno, cuando ponga sus pies en el Monte de los Olivos (vea Zacarías 14:4). Cuando eso ocurra, Israel tendrá el control sobre aquella tierra. Si todavía cree que Dios renunció a Israel, considere las palabras del apóstol Pablo: “¿Será que Dios ha rechazado a su pueblo? ¡Claro que no! Yo mismo soy israelita, descendiente de Abrahán y de la tribu de Benjamín. Desde el principio, Dios había reconocido a los israelitas como su pueblo; y ahora no los ha rechazado” (Romanos 11:1-2). Pablo está refiriéndose claramente a la Israel natural. Si Norteamérica hace daño a Israel en alguna forma, incluso cambiando sus fronteras, Dios se volverá nuestro enemigo. Y nuestra nación terminará sumida en total confusión. Oro para que no se entregue un solo centímetro de la tierra de Israel. Zacarías predijo que Jerusalén sería dividida en dos. Pero cuando eso ocurra: “Saldrá el Señor a luchar contra esas naciones” (Zacarías 14:3). Cuando el Señor lanzó esta advertencia,
también se refería al Sión espiritual Isaías llama a la iglesia de Dios “la Sión del Santo.” Al usar esta frase, el profeta relaciona a Sión con Cristo, el redentor. En pocas palabras, Sión representa el cuerpo de Cristo, la Jerusalén celestial, la iglesia llamada, separada, de estos últimos días. Le pregunto, ¿cuál es la principal preocupación de Dios en el mundo actual? ¿En qué pone atención en estos tiempos? La única gran preocupación de nuestro Señor es Sión, su iglesia. No me refiero a la iglesia decaída, institucional. Hablo del cuerpo invisible de Cristo, conformada por creyentes ungidos, y consagrados. Tal vez se pregunte: “¿Pero no está Dios preocupado con la guerra contra el terrorismo? ¿No le importa la economía y el futuro de Norteamérica?” Sí, está preocupado, pero sólo en la medida en que estas cosas afectan a su iglesia. Pone atención en ellas solamente cuando influyen en su eterno plan para su pueblo."Las naciones son como una gota de agua, como un grano de polvo en la balanza; los países del mar valen lo que un grano de arena…Todas las naciones no son nada en su presencia; para él no tienen absolutamente ningún valor” (Isaías 40:15, 17). Piénselo: Inglaterra es una isla. Manhattan es una isla. De acuerdo con Isaías, ambas son cosas pequeñas a los ojos de Dios. En efecto, todas las naciones, Norteamérica incluida, son menos que nada a los ojos de Dios. Dios nos dice, en esencia: “Mi preocupación eterna es el mundo perdido. Y mi atención está en la forma en que mi iglesia alcanzará a los perdidos.”Balaam profetizó: “(El de Dios) es un pueblo que vive apartado, distinto de los otros pueblos" (Números 23:9). Esto nos dice que los hijos de Dios conforman una nación distinta, un pueblo separado. No contamos entre las demás naciones del mundo. En efecto, los diferentes miembros del cuerpo de Cristo son una nación espiritual dentro de cada nación. Dios nos enfatiza esto: “Tu preocupación no es solamente lo que ocurre en el mundo. Debería ser conocer mis propósitos eternos, y cumplirlos en la tierra." El hecho es que Dios también bendice a una nación o la abate de acuerdo con la forma en que ella trata a su iglesia. Piénselo: su única preocupación con Egipto en el reinado del Faraón fue la forma en que esa nación trataba a sus elegidos. Dios devastó a los egipcios y ahogó a su ejército porque ellos habían hecho daño a su pueblo. De manera similar, la única preocupación de Dios con Babilonia tuvo que ver con su amenaza de destruir a Israel durante la época de Ester. Cuando Amán conspiró contra los judíos, Dios lo puso en evidencia y lo quitó de en medio. Tome nota también que cuando Dios destruyó a Babilonia, no fue solamente a causa de su idolatría, sensualidad o violencia. Fue porque los babilonios habían tocado a sus elegidos. Habían tomado los vasos consagrados a la adoración y bebieron de ellos hasta emborracharse. Como resultado, el imperio más poderoso del mundo fue arrasado. El momento en que los babilonios se entrometieron con los intereses de Dios, él los destruyó. Nuestro Señor luchará con todas las naciones del mundo con el objeto de proteger y prosperar a su santa Sión. Él destruirá imperios enteros con solo extender su mano de juicio. Él desechó al Imperio Romano porque éste trató de aniquilar a su iglesia en diez crueles persecuciones. Tal vez la peor campaña ocurrió bajo el emperador Dioclesiano. Este malvado sujeto persiguió y asesinó con ferocidad a los cristianos. Pero a pesar de lo que hizo, éstos se multiplicaban. Eso quizás obsesionó a Dioclesiano, que terminó abandonando su liderazgo sobre Roma porque se volvió loco tratando de destruir por completo la causa de Cristo. En Génesis 20, Dios juzgó al rey pagano Abimelec porque se abstuvo de tocar a la ungida de Dios. Abimelec había tomado a Sara, esposa de Abrahán, para su harén. Pero Dios se le presentó en un sueño, diciéndole: “Vas a morir.” El único interés de Dios era proteger a su elegida, Sara. Él ordenó al rey: “Devuélvele su esposa a este hombre porque él es profeta…si no la devuelves, ciertamente tú y los tuyos morirán” (Génesis 20:7).

Todos estos ejemplos nos proveen un panorama claro de la preocupación de Dios por todos sus elegidos. El se opondrá a cualquiera que haga daño a Israel o toque a su iglesia.


Todo esto tiene que ver con la
problemática situación mundial


Nuestra nación ha sido traumatizada por terroristas. Las Torres Gemelas fueron borradas, el Pentágono atacado. Y nos preguntamos: “¿Qué es lo que preocupa a Dios en todo esto?” Nuestro Señor se aflige por la muerte de los inocentes. Su corazón está en consolar y ayudar a las viudas y los huérfanos. La Escritura dice que él ha destruido reinos por descuidar a los desvalidos.

Sin embargo, la última preocupación de Dios por estas calamidades es la forma en que ellas afectan a su iglesia. Él determinó un plan para sus elegidos desde la fundación del mundo, y nada puede interferir con él. Ningún terrorista, religión o nación puede poner un mínimo obstáculo a los propósitos de Dios para su pueblo. Todo continúa según su plan divino.

Jesús nació a tiempo. Él llegó a la hora exacta que Dios había dispuesto en la eternidad, y ningún rey, gobierno o líder religioso pudo detenerlo. Jesús fue también crucificado y resucitó de acuerdo con el plan divino. Nada pudo interferir en el eterno plan de Dios para salvar al mundo por medio del sacrificio de su Hijo.

Finalmente, antes de subir al Padre, Jesús dio a su iglesia órdenes de movilizarse. Nos dijo que fuéramos por todo el mundo para predicar, evangelizar, sanar, echar fuera demonios. Han pasado 2,000 años, y su verdad es todavía vigente. Los ungidos de Dios siempre avanzan. Y todos quienes los tocan o hacen daño son desechados. uando las Torres Gemelas cayeron, los terroristas de Osama Bin Laden danzaron y se alegraron. Y cuando cayeron bombas sobre Afganistán, Bin Laden advirtió a Norteamérica: “El terror que ustedes han visto es sólo el comienzo. Es hora de que los musulmanes del mundo pongan a prueba su fe.” Con esa declaración comenzó, la jihad, o guerra santa, contra Norteamérica. Mientras tanto, autoridades de todo el mundo –primeros ministros, ministros de relaciones exteriores, embajadores—se reunieron con los líderes norteamericanos en el sitio del desastre, en las Torres Gemelas. Sólo pudieron agitar sus cabezas de incredulidad por la devastación y masacre ocurridas. Pronto empezaron a llegar mensajes de todas partes del mundo, preguntando: “¿Cuál será el impacto sobre Norteamérica? ¿Cuánto durará? ¿Podrá Nueva York volver a ser lo que una vez fue?” Una escena sorprendentemente similar ocurre en Isaías 14. Judá acababa de ser atacada por los asirios, que habían convulsionado la ciudad capital, Jerusalén: "El Señor había querido humillar a Judá a causa de Acaz, rey de Judá, pues él había promovido el desenfreno en Judá y había sido sumamente infiel al Señor" (2 Crónicas 28:19). Al mismo tiempo, Palestina había atacado el sur de Judá, y capturando por lo menos seis ciudades y asolándolas. Cuando Judá fue humillado, los palestinos comenzaron a gritar y cantar. Pero Dios envió a Isaías a decirles: “No te alegres, nación filistea, de que haya sido quebrada la vara con que te castigaban, pues de donde salió una serpiente, saldrá una víbora, más aún, saldrá un dragón volador. Los pobres tendrán en mis campos pasto para sus rebaños, y la gente sin recursos descansará tranquila. ¡Laméntense ciudades filisteas! Porque del norte viene un ejército como una nube de humo; ni un solo hombre se sale de sus filas” (Isaías 14:29-31). Dios profetizaba el fin de aquellos que se alegraron por la desgracia de su pueblo. Él les advirtió: “Es mejor que dejen de gritar. Muy pronto, haré que Judá more en seguridad. Y yo los destruiré totalmente. Voy a sacarlos de raíz y exterminaré a los suyos con una hambruna.” Jerusalén era una ciudad de reyes en aquella época. Su devastación sorprendió a las naciones vecinas. Se enviaron mensajeros con preguntas acerca de la salud de Judá y el futuro: “¿Cómo cambiará su país? ¿Y por qué su Dios permite la destrucción de su propia ciudad? ¿Logrará Jerusalén levantarse de sus propias cenizas? Pronto Isaías recibió la visita de las autoridades y líderes religiosos de Judá. Dijeron: “¿Qué se puede responder a los enviados?” (14:32). Isaías contestó: “Que el Señor ha dado firmeza a Sión, y los afligidos de su pueblo se refugiarán allí” (14:32). En otras palabras: “Digan a los mensajeros: El Dios Todopoderoso fundó esta iglesia, sus elegidos. Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” Escucho al Señor decir el mismo mensaje hoy. Dice: “Digan a todos los terroristas que la iglesia fundada sobre Cristo la Roca está vivita y coleando. Todo lo que han logrado es despertar a un gigante dormido. Este gigante no es solamente el ejército norteamericano. Es mi iglesia, mis elegidos. Mi ejército de siervos está levantándose en armas. Y van contra el enemigo con armas que él no conoce.”

¿Cuáles son esas armas? No son bombas, mísiles, sustancias químicas, fusiles. Las armas que nos han sido entregadas son más poderosas que todas ellas. Y están garantizadas para derribar cualquier fortaleza. Sabíamos que Osama Bin Laden y sus terroristas no podrían esconderse de nuestras armas especiales.

Por supuesto, hablo del poder de la oración y la fe. No me refiero a las oraciones superficiales de quienes se volvieron a Dios en las semanas posteriores a los ataques. Ya regresaron a sus vidas ausentes de oración efectiva. Tampoco me refiero a las oraciones de los ministros que niegan la divinidad de Cristo y se burlan de su resurrección. Sus oraciones ni siquiera se escuchan.

No, Dios ha apartado para sí un remanente santo. Y ese remanente reconoció los ataques del 11 de septiembre como un llamado de atención. Son vírgenes sabias, creyentes devotos que han estado limpiando y aceitando sus lámparas. Y, en este mismo instante, están bombardeando al cielo con oraciones.

Si los terroristas sólo supieran lo que han despertado. La iglesia de Jesucristo está orando como nunca antes lo ha hecho. Sión ha sacado su artillería pesada y libra la guerra en rodillas. Y en toda Norteamérica, los cristianos jóvenes se enlistan para la batalla. Dicen a sus padres y pastores: “Quiero ofrecerme como misionero en un país musulmán, para predicar a Jesús.” En este momento, muchos ministros evangélicos se preguntan: “¿Qué podemos decir a nuestra gente cuando preguntan qué va a ocurrir con nuestra nación? ¿Qué si hay más ataques?” No nos equivoquemos, nuestro país ha sido fuertemente estremecido. Y habrá más terrorismo adelante. Pero en lo más profundo, Dios nos ha dado algo inquebrantable en que sostenernos: Jesucristo ha fundado su iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Dios ungió a su Hijo, Jesús. Y aquellos que están en Cristo también son ungidos. La palabra “ungido” significa “consagrado a Cristo”. En pocas palabras, nosotros somos los apartados, peculiares, que conformamos su cuerpo. Ya hemos leído que Jesús instruyó a sus ungidos para llevar el evangelio a toda nación. Ese es el propósito concreto de Dios. Y ninguna persona o nación se atreverán a obstruir sus propósitos eternos. Pero sabemos que el Corán enseña a los musulmanes a matar cristianos si ellos intentan ganarlos para Cristo. Por lo tanto, tengo una pregunta sincera para los mulás y ayatolas del Talibán: ¿Por qué no entrenaron misioneros en lugar de terroristas, y los enviaron a Norteamérica y otras naciones con población cristiana? Si su religión es superior, por qué no han intentado convertirnos? ¿Qué les atemoriza tanto para querer atacarnos? ¿Es que su mensaje es tan vació y débil que tienen que aterrorizar a la gente para que lo acepte?

Que el Islam aprenda del Comunismo. La poderosa Unión Soviética declaró la guerra a la iglesia de Jesucristo. Declaró a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas una nación atea y enseñó el ateísmo en sus escuelas. Quemó iglesias y prohibió las Biblias. Aterrorizó a los elegidos de Dios, encarceló a ministros y torturó a creyentes.

¿Cómo respondió Dios? Aplastó la Cortina de Hierro, no solamente en Rusia sino en toda Europa. Dios declaró: “Yo fundé esta iglesia y no dejaré que toquen a mis elegidos. Están liquidados. Los voy a humillar.” El Señor azotó con rudeza al Comunismo y quebrantó al poderoso imperio soviético. Dividió sus estados, destituyó a sus gobernantes y arruinó la economía. Rusia fue humillada porque tocó a los elegidos de Dios e hizo daño a sus profetas. ¿Cuál fue el resultado final? Dios ha puesto incontables ministros y misioneros en Rusia. Y creo que ocurrirá lo mismo en Afganistán y Pakistán. El Señor va a abrir puertas que ningún hombre pudo abrir antes. Nada puede detener sus propósitos eternos.

Pero Norteamérica también debe aprender una lección de la Unión Soviética. No podemos seguir expulsando a Dios de nuestra sociedad. Las Biblias ya han sido prohibidas en las salas de clases y se han quitado los símbolos cristianos de los lugares públicos. En efecto, puede que llegue el momento en que deje de ser legal hacer proselitismo o convertir a la gente. Sin embargo, no nos inquietamos ni preocupamos. El Dios Todopoderoso fundó su iglesia. Y cualquier nación que lo prohiba es menos que nada ante sus ojos. El Señor puede traer caos a esa nación, pero en tiempos así una sociedad volverá a abrir sus puertas al evangelio. Las escuelas gritarán por ayuda e incluso los funcionarios de gobierno solicitarán consejería espiritual. Nuevamente, los siervos de Dios podrán predicar su verdad, en cualquier lugar y a cualquier hora. "Regocíjate y canta, oh moradora de Sión: porque grande es en medio de ti el Santo de Israel… el Señor ha dado firmeza a Sión, y los afligidos de su pueblo se refugiarán allí" (Isaías 12:6, 14:32). La iglesia de Dios puede parecer pobre e insignificante. Parece haber tan pocos santos verdaderos esparcidos por la tierra. Y como dice Pablo, no hay muchos ricos o nobles. Pero la pequeña manada de Cristo permanecerá confiando en su palabra: "Yo fundé esta iglesia. Y mi iglesia prevalecerá.” Ningún terrorista, religión o nación puede levantarse contra la cruz de Cristo. Él ha advertido a todo el mundo: “No toquen a mis ungidos ni maltraten a mis profetas" (Salmo 105:15).

ultimas visiones sobre estados Unidos

El llamado Final

David Wilkerson es un Profeta de hoy sin pelos en la lengua. Desde 1973 muchas de sus profecías dadas por Dios se han cumplido. Todo el mensaje de estas profecías y visiones corren desde abril de 1973.


ULTIMAS VISIONES SOBRE EEUU

¿Qué le va a pasar a Norte América si no capta el mensaje de Dios?

¿Cuál será el destino de nuestra nación si rechazamos el llamado de Dios de convertirnos a él completamente? ¿Qué pasará si continúan los abortos y se usan los fetos para investigaciones… si seguimos quitando el nombre de nuestro Salvador de la historia americana… si reconstruimos todas las cosas mejores y más grandes, solamente para enriquecernos más… si descansamos en nuestra fuerza armada en lugar de confiar en el poder de Dios?

Fuegos devoradores subirán hasta el cielo. La oscuridad cubrirá la tierra. La economía será impactada con un golpe que la hará tambalear. Y habrá desunión en la nación, en las comunidades, en las vecindades, en las familias. Las personas solamente buscarán lo suyo propio, en una lucha desesperada por sobrevivir. Y que Dios te ayude si te llegas a acercar a ellos.

Hace nueve años me fue dado un mensaje profético y lo di a la Iglesia de Times Square el 7 de septiembre de 1992. Quiero compartirlo contigo ahora:

“Caerán 30 días de castigo sobre la ciudad de New York de una manera que el mundo nunca ha visto. Dios va a derribar los muros. Habrá una violencia que no nos podemos imaginar, saqueos. La violencia va a ser tan feroz, que el mundo entero se sacudirá. Nuestras calles se forrarán por el ejército y la Guardia Nacional.”

“Se iniciarán miles de fuegos a la misma vez a través de la ciudad. Los fuegos en la ciudad de Los Angeles se limitaron a sólo ciertas secciones de la ciudad, pero New York y sus alrededores arderán. Times Square arderá y las llamas subirán hasta el cielo y se podrán ver a millas de distancia. Los camiones de bomberos no podrán manejarlas.

“Se detendrán los trenes y los autobuses. Se perderán billones de dólares. Todos los espectáculos en Broadway se cancelarán. Los negocios huirán de la ciudad en una hemorragia incontenible. Tales cosas se esperan en países del Tercer Mundo, pero no en una nación civilizada como los Estados Unidos. Sin embargo, poco después de esto, la ciudad de New York se irá completamente a la bancarrota. La ciudad reina será lanzada al polvo, convirtiéndose en una ciudad pobre.

“Te puedes preguntar: ¿cuándo ocurrirá esto? Todo lo que te puedo decir es que yo creo que estaré aquí cuando ocurra. Sin embargo, cuando ocurra, la gente de Dios no debe tener miedo ni pánico.”

“¿Fue el ataque terrorista del 11 de septiembre lo que profetize en el 1992?” No, no lo creo. Lo que vi avecinándose era mucho más fuerte. De hecho, si América se niega a convertirse a Dios, vamos a enfrentar los juicios que Israel enfrentó. Y no serán solamente para New York, sino también para cada región del país. Ni aún el centro del país se librará. La economía del país se derrumbará, y explotará la violencia. Los incendios consumirán nuestras ciudades, y los tanques retumbarán en las calles.

“El sueño estadounidense se ha convertido en la pesadilla estadounidense. Ocurrirá de repente, sin aviso y nadie será capaz de explicar cómo ni por qué pasó. Solo habrá vendedores, no compradores”.

“Dios está a punto de aplastar este abominable modo de pensar estadounidense. Y como el profeta Jeremías, los que creen en los santos y justos juicios de Dios, dirán: “El Señor ha llevado a cabo sus planes; ha cumplido su Palabra, que decretó hace mucho tiempo” (Lamentaciones 2:17).

David Wilkerson

la profecia de david wilkerson sobre la crisis actual

Contrario a falsos profetas como javier bertucci y rony chavez que dicen que lo que viene es una gran cosecha y que Dios perseguira tu deuda.En el 1973,David wilkerson escribio el libro la vision.No la falsa y estupida y necia vision de la g12.Una vision sin arrepentimiento,sin sangre,sin Cristo.La vision de david Wilkerson predijo en el 1973 todo.Ya habiamos escrito algo de este señor aqui;David wilkerson .Pero lo que hare es darle todo el capitulo que habla de la crisis economica actual.Tal como este señor lo vio en 1973.

La Visión

David Wilkerson

Editorial Vida

Capítulo 1

"Confusión económica"

Se avecina una quiebra - 1

(pagina 13)

Nos hallamos frente a una inminente confusión económica de alcance mundial. En mi visión, éste ha sido el detalle que vi con mayor claridad. Mucha gente de oración comparte al presente esta mismísima visión.

No sólo el dólar americano está encaminado a tener grandes dificultades, sino todas las demás monedas corrientes en el mundo entero. Veo una confusión económica total que batirá a Europa primero, y luego afectará al Japón, los Estados Unidos, el Canadá y, poco después, a todas las demás naciones.

Realmente no es una depresión lo que veo venir --- sino una recesión o retracción económica temporal de tal magnitud, que habrá de afectar el estilo de vida de casi todo trabajador asalariado de América, y de todo el mundo. Países que, al presente controlan enormes cantidades de divisas occidentales se van a ver en dificultades muy grandes también. Los Países árabes quedarán de modo particular perjudicados.

Nos esperan. no cabe la menor duda, años de carestía llenos de confusión monetaria y de desesperación. Cuándo será -- no está claro, pero no está muy lejos. Los más grandes economistas del mundo entero no aceptarán a explicar la confusión, y se desarrollará una crisis internacional del miedo. Una falsa bonanza económica precederá a la recesión pero será de breve duración.

(.......)

Quiebras en las principales corporaciones - 3
(pagina 15)


Tengo la convicción de que vamos a ser testigos de la quiebra de algunas de las principales y más populares corporaciones del país. Veo surgir tremendas dificultades para las corporaciones de créditos. Habrá muchas personas que se verán imposibilitadas de liquidar sus obligaciones importantes a las principales compañías de tarjetas de crédito, llevando con ello al borde del caos.
Miles de pequeños negocios se verán también forzados a declararse en quiebra. Tres de las principales denominaciones religiosas, y posiblemente cuatro, se verán forzadas a operar con una organización mínima, debido a la falta de fondos. No pocas iglesias van a sufrir bancarrota y varias sociedades y organizaciones eclesiásticas misioneras independientes van a tener que retraerse. Todos los ministerios de radio y televisión, salvo unos pocos, tendrán que ser abandonados.
La restricción de créditos desencadenará una ola de incertidumbre y de temor. Aquellos que tengan dinero lo guardarán como reserva.
El gobierno de los Estados Unidos "sobrerreaccionará" al desarrollarse la confusión económica.
Veo una racha de decisiones tomadas casi al borde del pánico por distintas agencias gubernamentales -pero estos esfuerzos hechos precipitadamente para apuntalar la economía, serán contraproducentes.
El presidente de los Estados Unidos efectuará una (y posiblemente dos) comparecencias ante la radio y TV nacionales para tranquilizar a la nación, reafirmando que todo anda bien, y que la mejor época de la economía del país está a la puerta. Pero no dará resultado. La gente desconfiará de estas afirmaciones, y sus temores llevarán a una revolución en las urnas electorales.
La industria del automóvil quedará gravemente perjudicada. Los fabricantes de vehículos de recreo van a recibir un golpe muy duro. Las existencias de accesorios se amontonarán y las ventas disminuirán drásticamente.
Casi todos los índices económicos tendrán un aspecto sombrío. Al principio esto será irregular -pero eventualmente afectará a casi toda la industria.

(.......)

Los sindicatos habrán de afrontar un dilema - 5
(pagina 18)

Los sindicatos habrán de encarar nuevas presiones, encaminadas a impedir que vayan a las huelgas. Los trabajadores ya no podrán tener recursos para quedarse fuera del trabajo ni siquiera por una semana. El gobierno adoptará una actitud dura contra los huelguistas, y los miembros de los sindicatos en huelga ya no podrán obtener cupones para alimentos ni otros beneficios que antes se les concedía. La inflación forzará el desarrollo de una nueva crisis entre el trabajo y la administración, y las huelgas que lleven a cabo los miembros de los sindicatos conducirán, en algunas zonas, a una completa interrupción del trabajo en las plantas y una total perdida del empleo.

Los líderes laborales serán afectados también por esta ola de confusión económica. Muchos de ellos se quedarán perplejos y no sabrán que acción deberían de tomar. Habrán de afrontar una situación casi imposible, porque no podrán sostener financieramente una huelga - y, no obstante, al mismo tiempo no podrán aguantar la presión de no ir a la huelga.
Las huelgas prolongadas podrían paralizar la industria y aumentar la creciente confusión económica.
Los detalles no están claros para mí -pero veo que nos esperan terribles problemas sindicales. La paz laboral es sólo un sueño, y no afrontamos otra cosa sino verdaderos problemas.
Podemos muy pronto sufrir las más devastadoras huelgas de todos los tiempos.

(.......)

Ni siquiera el oro proporcionará seguridad - 7
(pagina 21)

Los precios del oro están aumentando vertiginosamente. pero aquellos que están invirtiendo en este artículo en espera de hallar seguridad, se exponen a una trágica sorpresa. El precio del oro va a subir hasta alcanzar niveles astronómicos, pero no se sostendrá por mucho tiempo.

La plata llegará a ser también un metal muy precioso y su precio aumentará desenfrenadamente. Pero ni la plata ni el oro ofrecerán verdadera seguridad. El valor fluctuante e incierto del oro y de la plata será parte del cuadro total de la confusión económica que hace presa del mundo.

Créalo o no - ni siquiera el oro mantendrá su valor. Aquellos que amontonan oro van a salir perjudicados - de mala manera. Esta es una de las mas significativas predicciones de este libro.

Un nuevo sistema monetario mundial - 8
(pagina 22)

Aumentará la demanda de reorganizar todos los sistemas monetarios del mundo en un sistema uniforme. Y aun cuando parezca que el dólar está ganando fuerza justamente antes de que comience la recesión mayor, se desarrollará una nueva crisis, que sacudirá el mundo financiero entero. Pasarán años antes de que quede restablecida la fe en el dólar americano.
Yo creo que resurgirá un Imperio Romano el cual llegará a ser eventualmente la base de poder para un superdirigente mundial que se levantará para restaurar el orden económico. Sin duda alguna éste instituirá un sistema mundial de "tarjetas de crédito ambulantes". Se implantarán números invisibles en la frente y el antebrazo, y sólo los instrumentos exploradores fotográficos podrán detectas esos números. Los números podrían ser asignados en tres grupos de seis dígitos casa uno. Esta "marca" sería requerida de todos y nadie podría comprar ni vender sin tener este número tatuado invisiblemente.
Se desarrollará un determinado tipo de sistema mundial de créditos y los distintos países podrán utilizar libretas de crédito. Si bien el logro de un sistema monetario universal puede ser todavía una cosa muy lejana del futuro, pronto se organizará un sistema mundial de créditos entre los países, sentándose así la estructura para el sistema mundial monetario y comercial del futuro.
Estemos preparados a oír hablar de acuerdos comerciales mundiales supervisados por un comité regulador internacional. Se desarrollarán pautas estrictas para el comercio internacional, e intereses de gran poder controlarán estrechamente el "mercado mundial".
Expresándolo en forma sencilla -pronto presenciaremos el desarrollo de una política comercial mundial, supervisada por un supersecretario investido de poderes sin precedentes por todos los países involucrados en el comercio internacional.

Suicidios por dosis excesivas - 9
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Los reveses económicos y la confusión tomarán desapercibidos a muchos en cuanto a las consecuencias. Entonces, vendrán los suicidios.

No será una repetición de aquellas escenas que fueron tan familiares durante la Gran Depresión, cuando los hombres de negocios se suicidaban saltando desde las ventanas. Tampoco se llevarán un arma a la cabeza para tirar del gatillo. El nuevo método será el suicidio mediante dosis excesivas de píldoras para dormir o de otros sedativos químicos. Esta tendencia se está desarrollando ya, y empeorará. Algunas de las figuras más conocidas en el mundo de los negocios van a cometer suicidio mediante la ingestión de dosis excesivas de narcóticos.

Debido a que muchos hombres de negocios acaudalados tienen médicos privados, el común de las gentes no quedará enterada de la forma en que Irán ocurriendo estas muertes "accidentales". En muchos casos la causa de la muerte no llegará a ser de conocimiento general. Sin embargo, el suicidio por medio de dosis excesivas llegará a ser tan generalizado que será imposible encubrirlo más.

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Cumplimiento:

Dispara crisis financiera ola de suicidios a nivel mundial - Diario.com.mx - Cd. Juárez, México - 10/01/2009

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Los Estados Unidos serán inculpados - 13
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Si bien las actividades económicas de Europa habrán de desencadenar la recesion económica que viene, la mayor parte de los países inculpará a los Estados Unidos por lo que esté aconteciendo. Francia se tornará en una de las naciones antiamericanas más rencorosas del mundo. Los políticos y hombres de negocios de Europa y el Japón le echarán la culpa a Washington y a los banqueros americanos.

Los drásticos retiros de tropas desde Europa causarán más confusión todavía. Los lideres del Mercado común Europeo se aprovecharán de este sentimiento antiamericano para establecer una mas sólida base de poder y un dominio más firme sobre el comercio mundial. La base del poder económico mundial se desplazará a Europa.

mas informacion aqui;

http://www.pregonandolaverdad.org/literatura/temas_diversos/crisis_financiera_global/david_wilkerson.htm



martes, 27 de enero de 2009

prohibido olvidar-persecuciones catolicas siglo 19 en Europa

Y a estos salvajes le dicen hermanos! Y los llevan a predicar!Y si te crees que eso es historia pasada ellos todavia hacen lo suyo en Chiapas.Todavia no he escuchado ni aun buscon ,ignorante de la g12 hablar de las persecuciones en Chiapas.De como marginan a los protestante.esto puede pasar si la iglesia se une a estos salvajes!Prohibido olvidar! sacado de el libro de los martires de Fox.

El libro de los martires Cap. XXI
Capítulo XXILas persecuciones contra los protestantes franceses en el sur de Francia, durante los años 1814 y 1820
La persecución en esta parte protestante de Francia prosiguió con pocas interrupciones desde la revocación del edicto de Nantes, por Luis XIV, hasta un periodo muy breve antes del comienzo de la Revolución Francesa. En el ano 1785, M. Rebaut St. Etienne y el célebre M. de la Fayette fueron de las primeras personas en interesarse ante la corte de Luis XVI para eliminar el azote de la persecución contra esta sufriente gente, los habitantes del sur de Francia.

Tal era la oposición de parte de los católicos y de los cortesanos, que no fue hasta el final del año 1790 que los protestantes se vieron libres de sus alarmas. Antes de esto, los católicos, en particular en Nimes, habían recurrido a las armas. Nimes había presentado un terrible espectáculo: Hombres armados corriendo por todas partes de la ciudad, disparando desde las esquinas, y atacando a todos los que encontraban, con espadas y horcas.

Un hombre llamado Astuc fue herido y echado al acueducto. Baudon cayó bajo los repetidos golpes de bayonetas y sables, y su cuerpo fue echado también al agua; Boucher, un joven de sólo diecisiete años de edad, fue muerto de un disparo mientras miraba desde su ventana; tres electores fueron heridos, uno de ellos de consideración; otro elector fue herido, y otro escapó a la muerte declarando varias veces que era católico; un tercero recibió tres heridas de sable, y fue llevado a su casa terriblemente mutilado. Los ciudadanos que huían eran detenidos por los católicos en los caminos, y obligados a dar prueba de su religión antes de concedérseles la vida. M. y Madame Vogue estaban en su casa de campo que los fanáticos forzaron, y mataron a ambos, destruyendo su vivienda. Blacher, un protestante de setenta años, fue despedazado con una hoz; al joven Pyerre, que llevaba unos alimentos a su hermano, le preguntaron: «¿Católico o Protestante?» Al responder «Protestante», uno de aquellos monstruos disparó contra el chico, que cayó. Uno de los compañeros del asesino le dijo. «Igual podrías haber matado un cordero.» «He jurado,» repuso el otro, «matar a cuatro protestantes como mi parte, y éste contará como uno de ellos.» Sin embargo, como estas atrocidades llevaron a las tropas a unirse en defensa dcl pueblo, cayó una terrible venganza sobre el partido católico que había tomado armas, lo cual, junto con otras circunstancias, como la tolerancia ejercida por Napoleón Bonaparte, los refrenó totalmente hasta el año 1814, cuando cl inesperado regreso del antiguo régimen volvió a unirlos bajo las antiguas banderas.

La llegada del Rey Luis XVIII a París

Esta llegada se supo en Nimes el trece de abril de 1814. Al cabo de un cuarto de hora se veía por todas partes la escarapela blanca, ondeaba la bandera blanca en los edilicios públicos, en los espléndidos monumentos de la antigüedad, e incluso en la torre de Mange, fuera de las murallas de la ciudad. Los protestantes, cuyo comercio había sufrido durante la guerra, estuvieron entre los primeros en unirse al regocijo general, y en enviar su adhesión al senado, y al cuerpo legislativo, y varios de los departamentos protestantes enviaron mensajes al trono, pero desafortunadamente M. Froment estaba de nuevo en Nimes en aquel tiempo, con muchos fanáticos dispuestos a seguirle, y la ceguera y la furia del siglo dieciséis rápidamente tomaron el lugar de la filantropía del siglo diecinueve. En el acto se trazó una línea de distinción entre personas de diferentes persuasiones religiosas; el espíritu de la antigua Iglesia Católica era de nuevo regular la parte que cada uno hubiera de tener de estima y de seguridad.

La diferencia de religión iba ahora a gobernarlo todo; e incluso los criados católicos que habían servido a protestantes con celo y afecto comenzaron a descuidar sus deberes o a llevarlos a cabo con desgana y hostilidad. En los festejos y espectáculos dados a cuenta del erario público, se usó la ausencia de los protestantes para acusarlos de deslealtad; y en medio de clamores de Vive le Roi se oyeron los clamores disonantes de A bas le Maire, abajo el alcalde. M. Castletan era protestante; apareció en público con el prefecto M. Ruland, que era católico, y le echaron patatas, y la gente dijo que debía dimitir de su cargo, Los fanáticos de Nimes lograron incluso que se presentara un mensaje al rey, en el que decían que en Francia sólo debía haber un Dios, un rey y una fe. En esto fueron imitados por los católicos de varias ciudades.

La historia del niño de plata.

Para este tiempo, M. Baron, consejero de la Cuor Royale de Nimes, adoptó cl plan de dedicar a Dios un niño de plata, si la Duquesa de Angulema daba un príncipe a Francia. Este proyecto fue adoptado como un voto religioso público, que era tema de conversación en público y en privado, mientras que varias personas, con la imaginación encendida por este proyecto, corrían por las calles gritando Vivent les Bourbons, «Vivan los Borbones.» Como consecuencia de este desenfreno supersticioso, se dice que en Alais se aconsejó e instigó a las mujeres para que envenenaran a sus maridos protestantes, y al final se encontró conveniente acusarlos de crímenes políticos. Ya no podían aparecer en público sin ser insultados e injuriados. Cuando el populacho se encontraba con protestantes, los tomaban y bailaban alrededor de ellos con un bárbaro regocijo, y en medio de repetidos gritos de Vive le Roi cantaban versos cuyo sentido era: «Nos lavaremos las manos en sangre protestante, y haremos morcillas con la sangre de los hijos de Calvino.»

Los ciudadanos que salían a los paseos buscando aire y frescura fuera de las callejas cerradas y sucias eran ahuyentados con gritos de Vive le Roi, como si aquellos gritos pudieran justificar todos los excesos. Si los protestantes hacían referencia al estatuto, se les aseguraba sin ambages que de nada les serviría, y que sólo habían conseguido asegurar más su efectiva destrucción. Se oyó a personas de rango decir en público: «Se tiene que matar a todos los Hugonotes; esta vez se debe matar a sus hijos, para que no quede nadie de esta maldita raza.»

Es cierto, con todo, que no eran asesinados, sino tratados con crueldad; los niños protestantes no podían ya mezclarse en los juegos con los católicos, y ni siquiera se les permitía aparecer sin sus padres. Al oscurecer, las familias se encerraban en sus apartamentos, pero incluso entonces se lanzaban piedras contra sus ventanas. Cuando se levantaban por la mañana, no era inusual encontrar dibujos de horcas en sus puertas o paredes; y en las calles los católicos sostenían cuerdas ya enjabonadas delante de sus ojos, señalando a los instrumentos con los que esperaban y tramaban acabar con ellos. Se pasaban pequeñas horcas o modelos de las mismas, y un hombre que vivía delante de uno de estos pastores exhibió uno de estos modelos en su ventana, y hacía signos bien significativos cuando pasaba el ministro. También colgaron en un cruce de caminos públicos una figura representando a un predicador protestante, y cantaban los más atroces cánticos debajo de su ventana.

Hacia el final del carnaval se había incluso formado el plan de hacer una caricatura de cuatro ministros del lugar, y quemados en efigie; pero esto fue impedido por el alcalde de Nimes, que era protestante. Una terrible canción fue presentada al prefecto, en la lengua de la región, con una traducción falsa, e impresa con su aprobación, y tuvo mucha aceptación antes que él se diera cuenta del error al que había sido llevado. El sexagésimo tercer regimiento de línea fue públicamente censurado e insultado por haber protegido a los protestantes en cumplimiento de las órdenes recibidas. De hecho, los protestantes parecían ovejas destinadas al matadero.

Las armas católicas en Beaucaire

En mayo de 1815, muchas personas de Nimes pidieron una asociación federativa similar a la de Lyon, Grenoble, París, Aviñón y Montpelier, pero esta federación acabó aquí tras una efímera e ilusoria existencia de catorce días. Mientras tanto, un gran partido de zelotes católicos se habían armado en Beaucaire, y pronto llevaron sus patrullas tan cerca de las murallas de Nimes «que alarmaron a los habitantes.» Estos católicos pidieron ayuda a los ingleses que se encontraban fondeados frente a Marsella, y obtuvieron la donación de mil mosquetes, diez mil cartuchos, etc. Sin embargo, el General Gilly fue pronto enviado contra estos partisanos, impidiéndoles llegar a mayores concediéndoles un armisticio. Sin embargo, cuando Luis XVIII hubo vuelto a París, tras el final del reinado de Napoleón de cien días, y parecieron establecerse la paz y aminorarse los espíritus partidistas, incluso en Nimes, bandas de Beaucaire se unieron a Trestaillon en esta ciudad, para cumplir la venganza premeditada durante tanto tiempo. El General Gilly había dejado el departamento hacia ya varios días; las tropas que dejó tras de si habían asumido la escarapela blanca, y esperaban nuevas órdenes, mientras que los nuevos comisionados habían sólo de proclamar el cese de las hostilidades y el total establecimiento de la autoridad real. Fue en vano; no aparecieron comisionados, no llegaron despachos para calmar y regular la mente del público; pero hacia la tarde entró en la ciudad la vanguardia de los bandidos, que ascendían a varios cientos, indeseados pero sin que se les hiciera oposición.

Mientras marchaban sin orden ni disciplina, cubiertos con ropas o harapos multicolores, adornados con escarapelas, no blancas, sino blancas y verdes, armados con mosquetes, sables, horcas, pistolas y guadañas, borrachos y manchados de la sangre de los protestantes que habían encontrado por el camino, presentaban un aspecto de lo más repelente y pavoroso. En la plaza abierta delante de los cuarteles, se unieron a estos bandidos el populacho armado de la ciudad, encabezados por Jaques Dupont, comúnmente llamado Trestaillon. Para ahorrar derramamientos de sangre, la guarnición de alrededor de quinientos hombres consintió capitular, y salió abatida e indefensa; pero cuando habían pasado alrededor de cincuenta, la canalla comenzó a disparar a discreción contra sus confiadas victimas, totalmente carentes de protección; casi todos murieron o fueron heridos, pero una cantidad muy pequeña pudieron volver a entrar en el patio antes de que se cerraran de nuevo los portones de la guarnición. Estas fueron de nuevo forzadas en un instante, y fueron muertos todos los que no pudieron izarse sobre los tejados o saltar a los jardines adyacentes. En una palabra, se encontraron con la muerte a cada recodo y de todas las formas, y esta matanza ejecutada por los católicos rivalizó en crueldad y sobrepasó en perfidia a los crímenes de los septembristas de París y las degollinas jacobinas de Lyon y Aviñón. Tuvo la marca no sólo del fervor de la Revolución sino también de la sutileza de la liga, y quedará durante largo tiempo como mancha sobre la historia de la segunda restauración.

Matanza y pillaje en Nimes

Nimes exhibía ahora una escena de lo más terrible de ultraje y carnicería, aunque muchos de los protestantes habían huido al Convennes y al Gardonenque. Las casas de campo de los señores Rey, Guiret y otras habían sido saqueadas, y los habitantes tratados con una barbarie despiadada. Dos partidos habían saciado sus salvajes inclinaciones en la granja de Madame Frat; el primero, tras comer, beber y romper el mobiliario, anunció la llegada de sus camaradas, «en comparación con los cuales,» dijeron, «a ellos los considerarían misericordiosos.» Quedaron tres hombres y una anciana en el lugar; al ver llegar a la segunda compañía, dos de los hombres huyeron. «¿Eres católica?», le preguntaron dos de los bandidos a la anciana. «Si.» «Entonces, repite tu Pater y tu Ave.» Aterrorizada como estaba, vaciló, y en el acto le dieron un culatazo con un mosquete. Al volver en si, huyó de la casa, pero se encontró con Ladet, el viejo valet de ferme, que traía una ensalada que sus atacantes le habían ordenado preparar. En vano trato de persuadirle para que huyera. «¿Eres protestante?» le preguntaron. «Si. » Descargándole un mosquete encima, cayó herido, pero no muerto. Para consumar su obra, aquellos monstruos encendieron un fuego con paja y tablones, echaron a su víctima aún viva en las llamas, y lo dejaron morir en las más atroces agonías. Luego se comieron la ensalada, la tortilla, etc. Al siguiente día, algunos trabajadores, viendo la casa abierta y abandonada, entraron, y descubrieron el cuerpo medio consumido de Ladet. El prefecto de Gard, M. Darbaud Jouques, tratando de paliar los crímenes de los católicos, tuvo la audacia de afirmar que Ladet era católico; pero esto fue contradicho públicamente por dos de los pastores de Nimes.

Otra partida cometió un terrible asesinato en St. Cezaire, matando a Imbert la Plume, marido de Suzon Chivas. Lo encontraron al volver de trabajar en los campos. El cabecilla le prometió perdonarle la vida, pero insistió en que debía llevarlo a la cárcel de Nimes. Viendo, sin embargo, que los de la partida estaban decididos a matarle, asumió su carácter natural, y siendo un hombre fuerte y valiente, se adelantó, y exclamó: «¡Vosotros sois unos bandidos! ¡Fuego!» Cuatro de ellos dispararon y él cayó pero no muerto; y mientras estaba aun con vida le mutilaron el cuerpo; y luego, pasando una cuerda a su alrededor, lo arrastraron, atado a un cañón del que se habían apoderado. No fue hasta después dc ocho días que sus parientes supieron de su muerte. Cinco personas dc la familia de Chivas, todos ellos casados y padres de familia, fueron muertos en cl curso de pocos días.

El inmisericorde trato de las mujeres, en esta persecución en Nimes, fue de tal naturaleza que habría ofendido a cualesquiera salvajes que hubieran sabido de ello las viudas Rivet y Bernard fueron obligadas a entregar enormes cantidades dc dinero la casa dc la señora Lecointe fue devastada, y sus bienes destruidos. La señora F. Didier vio su vivienda saqueada y casi arrasada hasta rás de tierra. Una partida de estos fanáticos visitó a la viuda Perrin, que vivía en una pequeña granja en los molinos de viento; tras cometer todo tipo de devastaciones, atacaron incluso el camposanto, que contenía los muertos de la familia. Sacaron los ataúdes y desparramaron su contenido por campos colindantes. En vano recogió esta ultrajada viuda los huesos de sus antepasados para volverlos a poner en su lugar; de nuevo los exhumaron; finalmente, después de varios inútiles intentos, quedaron desparramados sobre la superficie de los campos.

Decreto regio en favor de los perseguidos.

Por fin fue recibido en Nimes el decreto de Luis XVIII que anulaba todos los poderes extraordinarios conferidos ya por el rey, por los príncipes, o agentes subordinados, y las leyes iban ahora a ser administradas por los órganos regulares, y llegó un nuevo prefecto para ponerlas en vigor. Pero a pesar de las proclamaciones, la obra de destrucción, detenida por un momento, no fue abandonada, sino que pronto fue reanudada con renovado vigor y efecto. El treinta de julio, Jacques Combe, padre de familia, fue muerto por algunos de la guardia nacional de Rusau, y el crimen fue tan público que el comandante de la partida devolvió a la familia el libro de notas de bolsillo, y los papeles del fallecido. Al día siguiente multitudes amotinadas llenaron la ciudad y sus suburbios, amenazando a los pobres aldeanos; y el primero de agosto los mataron sin oposición.

Por el mediodía de aquel mismo día, seis hombres armados, encabezados por Truphemy, el carnicero, rodearon la casa de Monot, un carpintero; dos de la partida, que eran herreros, habían estado trabajando en la casa el día antes, y habían visto a un protestante que se había refugiado allí, M. Bourillon, que había sido teniente del ejército, y que se había retirado con una pensión. Era hombre de excelente carácter, pacífico e inofensivo, y nunca había servido al emperador Napoleón. Se lo tuvieron que señalar a Truphemy, que no lo conocía, mientras compartía el frugal desayuno con la familia. Truphemy le ordenó que fuera con él, añadiendo: «Tu amigo Saussine ya está en el otro mundo.» Truphemy lo puso en medio de su tropa, y arteramente le ordenó que gritara Vive l'Empereur, lo cual rehusó, añadiendo que nunca había servido al emperador. En vano las mujeres y los niños de la casa intercedieron por su vida, encomiando sus gentiles y virtuosas cualidades. Fue llevado a la Esplanada y tiroteado, primero por Truphemy, y luego por los demás. Varias personas se acercaron, atraídas por el ruido de los disparos, pero fueron amenazadas con una suerte similar.

Después de un cierto tiempo se fueron los bandidos, al grito de Vive le Roi. Algunas mujeres se encontraron con ellos, y al ver a una de ellas dolorida, le dijo Truphemy: «Hoy he matado a siete, y tú, si dices una palabra, serás la octava.» Pierre Courbet, un tejedor, fue arrancado de su telar por una banda armada, y muerto de un tiro en su propia puerta. Su hija mayor fue abatida con la culata de un mosquete; y a su mujer le tuvieron puesto un puñal junto al pecho mientras los bandidos saqueaban su vivienda. Paul Heraut, sedero, fue literalmente despedazado en presencia de una gran multitud y en medio de los impotentes temores y lágrimas de su mujer y de sus cuatro pequeños hijos. Los asesinos sólo dejaron el cadáver para volver a la casa de Heraut y apoderarse de todo lo que fuera de valor. El número de asesinatos aquel día no puede determinarse. Una persona vio seis cadáveres en el Cours Neuf y nueve fueron llevados al hospital.

Si algún tiempo después los asesinatos se hicieron menos frecuente por algunos días, el pillaje y las contribuciones obligatorias fueron impuestos activamente. M. Salle d'Hombro fue despojado, en varias visitas, de siete mil francos; en una ocasión, cuando adució los grandes sacrificios que había hecho, el bandido le dijo, señalando a su pipa: «Mira, le pondré fuego a tu casa, y con eso,» dijo, blandiendo la espada, «acabaré contigo.» Ante estos argumentos no cabía discusión alguna. M. Feline, fabricante de sedas, fue despojado de treinta y dos mil francos oro, de tres mil francos plata, y de varias balas de seda.

Los pequeños tenderos estaban continuamente expuestos a visitas y exigencias de provisiones, de tejidos, o de cualquier cosa que vendieran. Y las mismas casas que incendiaban las casas de los ricos y destrozaban las vides de los agricultores destrozaban los telares del tejedor, y robaban las herramientas del artesano. La desolación reinaba en el santuario y en la ciudad. Las bandas armadas, en lugar de reducirse, aumentaban; los fugitivos, en lugar de volver, recibían constantes sobresaltos, y los amigos que les daban refugio eran considerados rebeldes. Los protestantes que se quedaron fueron privados de todos sus derechos civiles y religiosos, e incluso los abogados y alguaciles tomaron la resolución de excluir a todos los de «la pretendida religión reformada» de sus cuerpos. Los que estaban empleados en la venta de tabaco perdieron sus licencias. Los diáconos protestantes encargados de los pobres fueron todos esparcidos. De cinco pastores sólo quedaron dos; uno de ellos se vio obligado a cambiar de residencia, y sólo podía aventurarse a administrar los consuelos de la religión o a llevar a cabo las funciones de su ministerio bajo el manto de la noche.

No satisfechos con estos tipos de tormento, publicaciones calumniosas y enardecedoras acusaron a los protestantes de levantar la proscrita bandera de las comunas y de invocar al caldo Napoleón; y naturalmente como siendo indignos de la protección de las leyes y del favor del monarca.

Después de esto, cientos de ellos fueron arrastrados a la cárcel sin siquiera una sola orden escrita; y aunque un diario oficial, llevando el título de Journal du Gard, fue establecido por cinco meses, mientras estuvo influenciado por el prefecto, el alcalde y otros funcionarios, la palabra «estatuto» no fue mencionada una sola vez en él. Al contrario, uno de sus primeros números describió a los sufrientes protestantes como «cocodrilos, que sólo lloran de ira y lamentando que no tengan más victimas que devorar; como personas que habían sobrepasado a Danton, a Marat y a Robespierre en hacer el mal; y que habían prostituído a sus hijas a la guarnición para ganársela para Napoleón.» Un extracto de este artículo, impreso con la corona y las armas de los Borbones, fue voceado por las calles, y su vendedor iba adornado con la medalla de la policía.

Petición de los refugiados protestantes

A estos reproches es oportuno oponer la petición que los refugiados protestantes en París presentaron a Luis XVIII en favor de sus hermanos en Nimes.

«Ponemos a vuestros pies, sire, nuestros agudos sufrimientos. En vuestro nombre son degollados nuestros conciudadanos, y sus propiedades son devastadas. Aldeanos engañados, en pretendida obediencia a vuestras órdenes, se reunieron bajo las órdenes de un comisionado designado por vuestro augusto sobrino. Aunque estaban listos para atacamos, fueron recibidos con seguridades de paz. El quince de julio de 1815 supimos de la llegada de vuestra majestad a París, y la bandera blanca ondeó de inmediato en nuestros edificios. La tranquilidad pública no había sido perturbada, cuando entraron campesinos armados. La guarnición capituló, pero fueron asaltados al retirarse, y fueron muertos casi todos. Nuestra guardia nacional fue desarmada, la ciudad quedó llena de extraños, y las casas de los principales habitantes, que profesan la religión reformada, fueron atacadas y saqueadas. Acompañamos la lista. El terror ha hecho huir de nuestra ciudad a los más respetables ciudadanos.

»Vuestra majestad ha sido engañado si no han puesto delante de vos la imagen de los horrores que transforman en desierto vuestra buena ciudad de Nimes. De continuo tienen lugar proscripciones y arrestos, y la verdadera y única causa es la diferencia de opiniones religiosas. Los calumniados protestantes son los defensores del trono. Vuestro sobrino ha visto a nuestros hijos bajo sus banderas; nuestras fortunas han sido puestas en sus manos. Atacados sin razón, los protestantes no han dado, ni siquiera por una justa resistencia, el fatal pretexto a la calumnia de parte de sus enemigos. ¡Salvadnos, sire! Extinguid la llama de la guerra civil; una sola acción de vuestra voluntad restaurará a la existencia política a una ciudad interesante por su población y por sus productos. Demandad cuenta de su conducta a los cabecillas que han traído tales desgracias sobre nosotros. Ponemos ante vuestros ojos todos los documentos que nos han llegado. El temor paraliza los corazones y apaga las quejas de nuestros conciudadanos. Puestos en una situación más segura, nos aventuramos a levantar nuestra voz en favor de ellos,» etc., etc.

Monstruosos ultrajes contra las mujeres.

En Nimes es cosa bien sabida que las mujeres lavan sus ropas bien en las fuentes, bien en las riberas de los ríos. Hay un gran lavadero cerca de la fuente, donde se puede ver a muchas mujeres cada día, arrodilladas al borde del agua, y golpeando sus ropas con pesadas palas de madera en forma de raquetas. Este lugar llegó a ser el escenario de las prácticas más vergonzosas e indecentes. La canalla católica volvía las enaguas de las mujeres por encima de sus cabezas, y las ataba de manera que continuaran expuestas y sometidas a una nueva clase de tormento; porque, poniendo clavos en la madera de las paletas de lavar en forma de flor de lis, las golpeaban hasta que manaba la sangre de sus cuerpos y sus gritos desgarraban el aire. A menudo se pedía la muerte como fin de este ignominioso castigo, que era rehusada con maligno regocijo. Para llevar este ultraje hasta su mayor grado posible, se empleó esta tortura contra algunas que estaban embarazadas. La escandalosa naturaleza de estos ultrajes impedía a muchas de las que lo habían sufrido hacerlo público, y especialmente relatar sus circunstancias más agravantes. «He visto,» dice M. Duran, «a un abogado católico acompañando a los asesinos de Bourgade, armar una batidora con aguzados clavos en forma de fleur-de-lis; les he visto levantar los vestidos a las mujeres, y aplicarles a sus cuerpos ensangrentados estas batidoras, con fuertes golpes, a la que dieron un nombre que mi pluma rehúsa registrar. Nada podía detenerlos, ni los clamores de las atormentadas mujeres, la efusión de sangre, los murmullos de indignación suprimidos por el temor. Los cirujanos que atendieron a las mujeres que habían muerto pueden testificar, por las marcas de sus heridas, qué agonías deben haber soportado; esto, por terrible que parezca, es sin embargo estrictamente cierto.

Sin embargo, durante el progreso de estos horrores y de estas obscenidades, tan deshonrosas para Francia y la religión católica, los agentes del gobierno tenían poderosas fuerzas a su mando, con las que, si las hubieran empleado rectamente, habrían podido restaurar la tranquilidad. Sin embargo, prosiguieron los asesinatos y los robos, que fueron tolerados por los magistrados católicos, con bien pocas excepciones; es cierto que las autoridades administrativas usaron palabras en sus proclamaciones, etc., pero nunca ejercieron acciones para detener las atrocidades de los perseguidores, que declararon desvergonzadamente que el día veinticuatro, el aniversario de San Bartolomé, tenían la intención de hacer una matanza general. Los miembros de la Iglesia Reformada se llenaron de terror, y en lugar de tomar parte en la elección de diputados, estuvieron ocupados tanto como pudieron para proveer a su seguridad personal.

Ultrajes cometidos en los pueblos, etc.

Dejamos Nimes ahora para examinar la conducta de los perseguidores en la región alrededor. Después del restablecimiento del gobierno monárquico, las autoridades locales se distinguieron por su celo y diligencia en apoyar a sus patronos, y bajo los pretextos de rebelión, ocultación de armas, impago de contribuciones, etc., se permitió a las tropas, a la guardia nacional y al populacho armado saquear, arrestar y asesinar a pacíficos ciudadanos, no meramente con impunidad, sino con aliento y aprobación. En el pueblo de Milhaud, cerca de Nimes, se obligó frecuentemente a los habitantes a pagar grandes sumas para evitar ser saqueados. Sin embargo, esto no valió para nada en casa de Madame Teulon. El domingo dieciséis de julio fueron devastadas su casa y propiedades. Se llevaron o destruyeron sus valiosos muebles, quemaron la paja y la madera, y exhumaron el cuerpo de un niño, enterrado en el jardín, y lo arrastraron alrededor de un fuego encendido por el populacho. Fue con gran dificultad que la señora Teulon escapo con su vida.

M. Picherol, otro protestante, había ocultado algunos de sus bienes en casa de un vecino católico. Atacaron su casa, y aunque respetaron todas las propiedades del último, las de su amigo fueron saqueadas y destruidas. En el mismo pueblo, uno de los de la partida, dudando de si el señor Hermet, un sastre, era el hombre al que buscaban, preguntaron: «¿Es un protestante?» Al reconocerlo, dijeron: «Muy bien.» Y lo asesinaron en el acto. En el cantón de Vauvert, donde había una iglesia consistorial, extorsionaron ochenta mil francos.

En las comunas de Beauvoisin y Generac un puñado de libertinos cometieron excesos similares, bajo la mirada del alcalde y a los gritos de ¡Vive le Roi! St. Gilles fue escenario de las iniquidades más desalmadas. Los protestantes, los más ricos de los habitantes, fueron desarmados, mientras sus casas eran saqueadas. Apelaron al alcalde, pero éste se rió y se fue. Este oficial tenía a su disposición una guardia nacional de varios cientos de hombres, organizada bajo sus propias órdenes. Sería fatigoso leer la lista de los crímenes que tuvieron lugar durante muchos meses. En Clavisson, el alcalde prohibió a los protestantes la' práctica de cantar los Salmos que se acostumbraba celebrar en el templo, para que, como dijo, no se ofendiera ni perturbara a los católicos.

En Sommieres, a unas diez millas de Nimes, los católicos hicieron una espléndida procesión a través de la población, que continuó hasta el atardecer, y que fue seguida por el saqueo de los protestantes. Al llegar tropas forasteras a Sommieres, se reanudó la pretendida búsqueda de armas; se obligaba a los que no poseían mosquetes a comprarlos, con el propósito de que los rindieran, y se les acuartelaron soldados en sus casas a seis francos diarios hasta que entregaran los artículos pedidos. La iglesia protestante, que había sido cerrada, fue convertida en cuartel para los austriacos. Después de haber estado suspendido durante seis meses el servicio divino en Nimes, la iglesia, llamada Templo por los protestantes, fue reabierta, y se celebró el culto público en la mañana del veinticuatro de diciembre. Al examinar el campanario, se descubrió que alguien se había llevado el badajo de la campana. Al aproximarse la hora del servicio, se reunieron varios hombres, mujeres y niños ante la casa de M. Ribot, el pastor, y amenazaron con impedir el culto. Cuando llegó la hora, dirigiéndose él hacia la iglesia, fue rodeado; se le lanzaron los más terribles gritos; algunas de las mujeres le echaron manos al cuello de la camisa; pero nada pudo perturbar su firmeza ni excitar su impaciencia. Entró en la casa de oración y subió al púlpito. Echaron piedras dentro y cayeron entre los adora-dores; sin embargo, la congregación permaneció tranquila y atenta, y el servicio continuó entre ruidos, amenazas e insultos.

Al salir, muchos habrían sido muertos si no hubiera sido por los cazadores de la guarnición, que los protegieron honrosa y celosamente. Poco después el señor Ribot recibió la siguiente carta del capitán de los cazadores.

2 Enero, 1816.

«Lamento profundamente los prejuicios de los católicos contra los protestantes, de los cuales dicen que no aman al rey. Seguid actuando como lo habéis hecho hasta ahora, y el tiempo y vuestra conducta contradecirán de lo contrario a los católicos; si tuviera lugar algún tumulto similar al del sábado, informadme. Conservo mis informes de estos hechos, y silos agitadores resaltan incorregibles, y olvidan lo que deben al mejor de los reyes y al estatuto, cumpliré con mi deber e informaré al gobierno de sus actuaciones. Adiós, querido señor; dad al consistorio seguridades de mi estima, y de los sentimientos que abrigo acerca de la moderación con que afrontaron las provocaciones de los malvados de Sommieres. Tengo el honor de saludaros con respeto.

SUVAL DE LAINE.»

Este pastor recibió otra carta del Marqués de Montlord, el seis de enero, para alentarlo a unirse con todos los buenos hombres que creen en Dios para obtener el castigo de los asesinos, bandidos y perturbadores de la paz pública, y a leer públicamente las instrucciones que había recibido del gobierno a este efecto. A pesar de esto, el veinte de enero de 1816, cuando se celebró el servicio en conmemoración de la muerte de Luis XVI, formándose una procesión, los guardias nacionales dispararon contra la bandera blanca colgada de las ventanas de los protestantes, y terminaron el día saqueándolos.

En la comuna de Angargues, las cosas estaban aún peores; y en el de Fontanes, desde la entrada del rey en 1815, los católicos quebrantaron todos los compromisos con los protestantes; de día los insultaban, y de noche forzaban sus puertas, o las marcaban con tiza para ser saqueadas o quemadas. St. Mamert fue repetidamente visitada por estos saqueos, y en Montruiral, en fecha tan tardía como el dieciséis de junio de 1816, los protestantes fueron atacados, apaleados y encarcelados, por osar celebrar el regreso de un rey que había jurado preservar la libertad de religión y mantener el estatuto.

Relato adicional de las acciones de los católicos en Nimes

Los excesos perpetrados en el campo no parecen haber desviado en absoluto de Nimes la atención de los perseguidores. Octubre de 1815 comenzó sin mejora alguna en los principios o medidas del gobierno, y esto fue seguido por una presunción correspondiente por parte del pueblo. Varias casas en el Barrio St. Charles fueron saqueadas, y sus ruinas quemadas en las calles entre cantos, danzas y gritos de ¡Vive le Roi! Apareció el alcalde, pero la multitud pretendió no conocerle, y cuando se atrevió a reprenderlos, le dijeron «que su presencia era innecesaria, y que se podía retirar.» Durante el dieciséis de octubre, todos los preparativos parecían anunciar una noche de carnicería; se circularon de manera regular y confiada órdenes para reunirse y contraseñas para el ataque; Trestaillon pasó revista a sus secuaces, y los apremió a perpetrar sus crímenes, teniendo con uno de estos malvados el siguiente diálogo:

Secuaz. «Si todos los protestantes, sin excepción, han de ser muertos, me uniré a ello contento; pero como me has engañado tantas veces, no me moveré a no ser que hayan de morir todos. »

Trestaillon. «Pues acompáñame, porque esta vez no escapará nadie. »

Este horrendo propósito habría sido llevado a cabo si no hubiera sido por el General La Garde, comandante del departamento. No fue sino hasta las diez de la noche que se dio cuenta del peligro. Ahora vio que no podía perder un momento. Las multitudes estaban avanzando por 105 suburbios, y las calles se llenaban de rufianes, lanzando las más terribles imprecaciones. La generala sonó a las once de la noche, lo que añadió a la confusión que se estaba extendiendo por la ciudad. Unas cuantas tropas se reunieron alrededor del Conde La Garde, que estaba agitado por la mayor angustia al ver que el mal había llegado a tal paroxismo. Acerca de esto da M. Durand, un abogado católico, el siguiente relato:

«Era cerca de medianoche, mi mujer acababa de quedar dormida; yo estaba al lado de ella, escribiendo, cuando fuimos perturbados por un ruido distante. ¡Qué podía ser aquello! Para apaciguar su alarma, le dije que probablemente se trataba de la llegada o salida de algunas tropas de la guarnición. Pero se podían ya oír disparos y gritos, y al abrir mi ventana distinguí horribles imprecaciones mezcladas con gritos de ¡Vive le Roi! Desperté a un oficial que se alojaba en la casa, y a M. Chancel, director de Obras Públicas. Salimos juntos, Y llegamos al Boulevard. La luna resplandecía brillantemente, y se veía todo casi tan claramente como de día; una enfurecida muchedumbre estaba dirigiéndose hacia la matanza jurada, y la mayor parte iban semidesnudos, armados con cuchillos, mosquetes, palos y sables. Como respuesta a mis indagaciones, me dijeron que la matanza era general, y que muchos habían sido ya muertos en los suburbios. M. Chancel se retiró para ponerse su uniforme como capitán de los Pompiers; los oficiales se retiraron a los cuarteles, y yo, intranquilo por mi mujer, me volví a casa. Por el ruido que ola, estaba convencido de que me seguían algunos. Me deslicé por la sombra de la pared, abrí la puerta de mi casa, entré y la cerré, dejando una pequeña abertura por la que podía vigilar los movimientos de la partida cuyas armas resplandecían bajo la luz de la luna. Poco tiempo después aparecieron algunos hombres armados llevando un prisionero junto al mismo lugar donde yo estaba oculto. Se detuvieron, y yo cerré suavemente mi puerta y subí sobre una chopera plantada junto a la pared del jardín. ¡Qué escena! Un hombre de rodillas implorando clemencia a unos desalmados que se burlaban de su angustia y que lo cargaban de insultos. «¡En nombre de mi mujer y de mis hijos,» decía él, «dejadme! ¿Qué he hecho? ¿Por qué me habéis de asesinar por nada?» Estaba en este momento a punto de gritar y de amenazar a los asesinos con la venganza. Pero no tuve tiempo para decidirme, porque la descarga de varios fusiles acabó con mi indecisión; el infeliz suplicante, tocado en sus lomos y cabeza, cayó para no volverse a levantar. Ahora los asesinos daban la espalda al árbol; se retiraron de inmediato, recargando sus armas. Yo descendí y me acerqué al moribundo, que estaba lanzando profundos y penosos suspiros. Llegaron algunos guardias nacionales en aquel momento, y de nuevo me retiré y cerré la puerta. «Veo un muerto,» dijo uno. «Todavía canta,» dijo el otro. «Mejor será,» dijo un tercero, «rematarlo y poner fin a sus sufrimientos.» De inmediato descargaron cinco o seis mosquetes, y los gemidos cesaron. Al día siguiente, las multitudes acudieron a inspeccionar e insultar al muerto. Los días después de una matanza se observaban siempre como una especie de fiesta, y se dejaban todas las ocupaciones para ir a contemplar las víctimas.» Este era Louis Lichare, padre de cuatro niños; cuatro años después de este acontecimiento, M. Durand verificó este relato bajo juramento durante el juicio de uno de los asesinos.

Ataque sobre las iglesias protestantes

Un tiempo antes de la muerte del General La Garde, el duque de Angulema había visitado Nimes, y otras ciudades al sur, y en aquella primera ciudad honró a los miembros del consistorio protestante con una entrevista, prometiéndoles protección, y alentándolos a reabrir su templo, tanto tiempo cerrado. Tienen dos iglesias en Nimes, y se acordó que la mejor en esta ocasión sería la pequeña, y que se debería Omitir el toque de campanas. El General La Garde manifestó que respondería con su cabeza de la seguridad de la congregación. Los protestantes se informaron en privado entre si que volvería de nuevo a celebrarse el culto a las diez, y comenzaron a reunirse en silencio y con precaución. Se acordó que M. Juillerat Chasseur celebrara el servicio, aunque tal era su convicción de peligro que le rogó a su mujer, y a algunos de los de su grey, que se quedaran con sus familias. Siendo abierto el templo sólo como cuestión formal, y en obediencia a las órdenes del Duque de Angulema, este pastor deseaba ser la única victima. Dirigiéndose al lugar, pasó junto a numerosos grupos que lo miraban ferozmente. «Esta es la oportunidad,» dijo uno, «de darles el último golpe. » «SI, » añadieron otros, «y no se deben perdonar ni a las mujeres ni a los niños.» Un malvado, levantando la voz por encima de los demás, exclamó: «Ah, voy a ir a buscar mi mosquete, y diez como mi parte.» A través de estos sones amenazadores, M. Juillerat prosiguió su camino, pero cuando llegó al templo, el sacristán no se atrevió a abrir las puertas, y se vio obligado a abrirlas él mismo. Al llegar los adoradores, encontraron personas extrañas ocupando las calles adyacentes, y también en las escalinatas de la iglesia, jurando que no iban a celebrar su culto, y gritando: «¡Abajo los protestantes! ¡Matadlos! ¡Matadlos! » A las diez, la iglesia ya casi llena, M. J. Chasseur comenzó las oraciones. De repente, el ministro fue interrumpido con un ruido violento, mezclado con gritos de ¡Vive le Roi! pero los gendarmes consiguieron echar a estos fanáticos y cerrar las puertas. El ruido y los tumultos fuera se redoblaron, y los golpes del populacho que intentaba echar las puertas abajo hizo que la casa resonara con chillidos y gemidos. La voz de los pastores que trataban de consolar a su grey se hizo inaudible; en vano intentaron cantar el Salmo Cuarenta y dos.

Pasaron lentamente tres cuartos de hora. «Yo me puse,» dijo Madame Juillerat, «al pie del púlpito, con mi hija en mis brazos; Finalmente, mi marido se unió a mí y me dio alimentos; recordé desde el principio que era el aniversario de mi casamiento. Después de seis años de felicidad, me dije, estoy a punto de morir con mi marido y mi hija; seremos muertos ante el altar de nuestro Dios, victimas de un deber sagrado, y el cielo se abrirá para recibimos a nosotros y a nuestros infelices hermanos. Bendije al Redentor, y sin maldecir a nuestros asesinos, esperé su llegada.»

M. Oliver, hijo de un pastor, oficial de las tropas reales de línea, intentó salir de la iglesia, pero los amistosos centinelas a la puerta le aconsejaron que permaneciera encerrado con el resto. Los guardias nacionales rehusaron actuar, y la fanática multitud aprovechaba todo lo que podía la ausencia del General La Garde y su creciente número. Al final se oyó música marcial, y voces desde fuera gritaron a los asediados, «¡Abrid, abrid y salvaos!» Su primera impresión fue temer una traición, pero pronto se les aseguró que un destacamento que volvía de Misa había sido dispuesto delante de la puerta para favorecer la salida de los protestantes. La puerta fue abierta, y muchos de ellos escaparon entre las filas de los soldados, que habían empujado a la multitud fuera de allí; pero esta calle, así como las otras por las que tenían que pasar los fugitivos, pronto volvió a quedar llena. El venerable pastor, Olivier Desmond, que estaba entre los setenta y ochenta años de edad, fue rodeado por asesinos; le pusieron puños sobre la cara, y gritaron: «Matad al jefe de los bandidos.» Fue preservado por la actitud firme de algunos oficiales, entre los que estaba su propio hijo; hicieron una barrera delante de él con sus propios cuerpos, y entre sus sables desenvainados lo llevaron a su casa. M. Juillerat, que había asistido al servicio divino con su mujer a su lado y con su hijo en sus brazos, fue perseguido y atacado con piedras, su madre recibió una pedrada en la cabeza, y su vida estuvo en ocasiones en peligro. Una mujer fue vergonzosamente azotada, y varias heridas y arrastradas por las calles; el número de protestantes más o menos maltratados en esta ocasión ascendieron entre unos setenta y ochenta.

Asesinato del General La Garde

Al final se aplicó represión a estos excesos por el suceso del asesinato del Conde La Garde, que, al recibir noticia de este tumulto, montó en su caballo, y entró en una de las calles, para dispersar una multitud. Un villano tomó sus riendas; otro le encañonó con una pistola, casi tocándole, y chilló: «¡Miserable! ¿Tú harás que me retire?» Y disparó inmediatamente. El asesino fue Louis Boissin, un sargento de la guardia nacional; pero, aunque lo sabía todo el mundo, nadie trató de arrestarlo, y escapó. Cuando el general se vio herido, dio orden a la gendarmería para que protegiera a los protestantes, y se lanzó al galope hacia su alojamiento; pero se desmayó inmediatamente al llegar allí. Al recuperarse, impidió al cirujano que le examinara la herida hasta haber escrito una carta al gobierno, para que, en caso de muerte, se pudiera saber de dónde le había venido su herida, y que nadie osara acusar a los protestantes de este crimen.

La probable muerte de este general produjo un pequeño grado de relajación por parte de sus enemigos y alguna calma, pero la masa del pueblo se había entregado durante demasiado tiempo al libertinaje para sentirse refrenado siquiera por el asesinato del representante de su rey. Por la noche volvieron al templo, y con hachas abrieron la puerta. El amenazante son de sus golpes infundieron terror a los corazones de las familias protestantes refugiadas en sus casas, dados al llanto. El contenido de la caja de limosnas fue robado, y también las ropas preparadas para su distribución; los ropajes del ministro fueron destrozados; los libros fueron rotos o llevados; las estancias fueron saqueadas, pero las habitaciones que contenían los archivos de la iglesia, y los sínodos, fueron providencialmente pasadas por alto; y si no hubiera sido por las muchas patrullas a pie, todo hubiera sido pasto de las llamas, y el edificio mismo un montón de ruinas. Mientras tanto, los fanáticos adscribieron el crimen del general a su propia devoción, y dijeron que «era la voluntad de Dios.» Se ofrecieron tres mil francos por la captura de Boissin; pero se sabia bien que los protestantes no osarían capturarlo, y que los fanáticos no querrían. Durante estos acontecimientos, el sistema de conversiones forzadas al catolicismo estaba progresando de una manera regular y temible.

Interferencia del gobierno británico

Para crédito de Inglaterra, el conocimiento de estas crueles persecuciones llevadas a cabo contra nuestros hermanos protestantes en Francia produjeron tal sensación en el gobierno que les llevó a intervenir. Y ahora los perseguidores de los protestantes transformaron este acto espontáneo de humanidad y piedad en pretexto para acusar a los sufrientes de correspondencia traidora con Inglaterra; pero en este estado de acontecimientos, para gran desmayo de ellos, apareció una carta, enviada hacía algún tiempo a Inglaterra por el Duque de Wellington, diciendo que «existía mucha información acerca de los acontecimientos del sur. »

Los ministros de las tres denominaciones en Londres, anhelantes por no ser mal informados, pidieron a uno de sus hermanos que visitara las escenas de persecución, y que examinara con imparcialidad la naturaleza y extensión de los males que deseaban aliviar. El Rev. Clement Perot emprendió esta difícil tarea, y cumplió sus deseos con un celo, una prudencia y una devoción totalmente encomiables. A su regreso proveyó abundantes e irrefutables pruebas de una vergonzosa persecución, materiales para una apelación al Parlamento Británico, y un informe impreso que fue circulado por el continente, y que por primera vez dio una correcta información a los habitantes de Francia.

Se vio ahora que la intervención extranjera era de enorme importancia; y las declaraciones de tolerancia que suscitó en el gobierno de Francia, así como la actuación más cuidadosa de los perseguidores católicos, operó como reconocimientos decisivos e involuntarios de esta interferencia, que algunas personas al principio censuraron y menospreciaron, interferencia que manifestada en la dura voz de la opinión pública en Inglaterra y en otros lugares, produjo una correspondiente suspensión de la matanza y del pillaje; sin embargo, los asesinos y saqueadores quedaban aún sin castigar, e incluso eran aclamados y premiados por sus crímenes; y mientras que los protestantes en Francia sufrían las penas y castigos más crueles y degradantes por insignificantes faltas, los católicos, teñidos de sangre y culpables de numerosos y horrendos asesinatos, eran absueltos.

Quizá la virtuosa indignación expresada por algunos de los más ilustrados católicos contra estos abominables procedimientos tuvieron una parte no pequeña en refrenarlos. Muchos protestantes inocentes habían sido condenados a galeras, o habían sido castigados de otras maneras, por supuestos crímenes basados en declaraciones bajo juramento de desalmados sin principios ni temor de Dios. M. Madier de Montgau, juez de la cour royale de Nimes y presidente del tribunal de Gard y Vaucluse, se sintió obligado en una ocasión a levantar la sesión antes de aceptar el testimonio de un monstruo sanguinario tan notorio como Truphemy. Dice este magistrado: «En una sala del Palacio de Justicia delante de aquella en la que yo me sentaba, varias desafortunadas personas perseguidas por la facción estaban siendo juzgadas, y cada testimonio tendiendo a su condena era aplaudida con gritos de ¡Vive le Roi! Tres veces se hizo tan terrible la explosión de este terrible gozo que fue necesario llamar refuerzos de los cuarteles, y doscientos soldados eran a menudo insuficientes para refrenar a la multitud. De repente redoblaron los gritos y clamores de ¡Vive le Roi!: Llegaba un hombre, vitoreado, aplaudido, llevado en ...... era el terrible Truphemy. Se acercó al tribunal. Había venido a testificar contra los prisioneros. Fue admitido como testigo... ¡Levantó la mano para que le tomaran juramento! Sobrecogido de horror ante aquel espectáculo, me precipité fuera de mi asiento, y entré en la sala de consejo. Me siguieron mis colegas; en vano me quisieron persuadir para que volviera a mi asiento. «¡No!», exclamé, «¡No voy a consentir que este miserable sea admitido para dar testimonio ante una corte de justicia en la ciudad a la que ha llenado de asesinatos; en el palacio, en cuyas escalinatas ha asesinado al desafortunado Burillon. No puedo aamitir que rnate a sus victimas con sus testimonios como con su puñal. ¡El un acusador! ¡El, testigo! No, jamás consentiré que este monstruo se levante en presencia de magistrados para dar un juramento sacrílego, con sus manos aún teñidas de sangre! » Estas palabras fueron repetidas fuera de la puerta; los testigos temblaron; los facciosos temblaron también; los facciosos que guiaban la lengua de Truphemy como habían guiado su brazo, que le dictaban calumnia tras haberle enseñado a asesinar. Estas palabras penetraron en los calabozos de los condenados, e inspiraron esperanza; dieron a otro valiente abogado la resolución de asumir la causa de los perseguidos; llevó las oraciones de inocencia y desgracia al pie del trono; allí preguntó si la evidencia de un Truphemy no era suficiente para anular una sentencia. El rey concedió un perdón pleno y libre.»

Resolución final de las protestantes en Nimes

Con respecto a la conducta de los protestantes, estos ciudadanos tan perseguidos, llevados a un extremado sufrimiento por sus perseguidores, sintieron al final que sólo les quedaba escoger la manera de morir. Decidieron unánimemente que morirían luchando en defensa propia. Esta firme actitud hizo ver a sus perseguidores que ya no podrían asesinar impunemente. Todo cambió de inmediato. Aquellos que durante cuatro años habían llenado a otros con terror, ahora lo sintieron ellos. Temblaban ante la fuerza que hombres, tanto tiempo resignados, hallaban en la desesperación, y su alarma se intensificó cuando supieron que los habitantes de las Cevennes, convencidos del peligro en que se hallaban sus hermanos, estaban dirigiéndose allí en auxilio de ellos. Pero, sin esperar la llegada de estos refuerzos, los protestantes aparecieron de noche en el mismo orden y armados de la misma manera que sus enemigos. Los otros desfilaban por los Boulevards, con su usual ruido y furia, pero los protestantes se quedaron callados y firmes en los puestos que habían tomado. Tres días continuaron estos peligrosos y ominosos encuentros, pero se impidió el derramamiento de sangre por los esfuerzos de algunos dignos ciudadanos distinguidos por su rango y fortuna. Al compartir los peligros de la población protestante, obtuvieron el perdón para un enemigo que ahora temblaba mientras amenazaba.

El regreso de los Vigilantes

La Biblia habla con detenimiento  sobre los vigilantes. Especificamente apocalipsis. Ellos estan todos encerrados en los abismos y que seran...